Tres mil quinientos años es la edad aproximada del zoroastrismo, una fe que sigue viva a pesar de todo lo que ha enfrentado. Surgió en las llanuras de Asia Central, atravesó imperios y persecuciones, y todavía hoy cuenta con devotos que mantienen encendida su llama —literal y metafóricamente—. El profeta Zaratustra, a quien los griegos llamaban Zoroastro, la fundó. ¿Su legado? Nada menos que uno de los primeras religiones monoteístas de la historia. Las huellas de su doctrina llegaron a influir en el judaísmo tardío, en la escatología cristiana, en ciertos conceptos islámicos. Conceptos que damos por sentado —el cielo, el infierno, el juicio de las almas— llegaron a Occidente teñidos de Persia.
Pese a siglos de olvido y persecución, los zoroástricos siguen ahí: en ciudades iraníes como Yazd, en Bombay entre los parsis, en pequeñas diásporas repartidas por el planeta. Conservan oraciones, fuegos rituales y una cosmología que viene de aquellas llanuras donde, hace más de tres milenios, un sacerdote descontento se atrevió a preguntar lo que otros callaban.
¿Qué es exactamente el zoroastrismo y quién fue Zoroastro?
Los orígenes en Asia Central
Las tierras donde nació el zoroastrismo corresponden hoy a Irán, Afganistán y parte de las repúblicas centroasiáticas. En aquel contexto cultural iranio, predominaban creencias tribales y prácticas politeístas entre los pueblos indoeuropeos de la región. Pensar que esta religión apareció de golpe, ya estructurada, sería simplificar demasiado las cosas. Lo que hizo Zaratustra fue reformar desde dentro las tradiciones que había heredado.
Zaratustra cuestionó muchos aspectos de la religión politeísta de su entorno. Gradualmente, sus enseñanzas transformaron el panorama espiritual de la antigua Persia. El proceso fue lento, nada repentino. Pero sentó las bases de lo que terminaría siendo una de las primeras tradiciones monoteístas conocidas —con ramificaciones que alcanzarían territorios lejanos de Asia y, eventualmente, Occidente.
Zaratustra (Zoroastro): el profeta fundador
Zaratustra —nombre original en avéstico del profeta— sigue siendo una figura envuelta en misterio. Los especialistas debaten cuándo vivió exactamente: las estimaciones oscilan entre los siglos XVIII y VI a.C., un margen amplísimo. La tradición zoroástrica cuenta que recibió una revelación divina de Ahura Mazda, la deidad suprema, cuando tenía 30 años.
Los textos sagrados, sobre todo los Gathas (himnos atribuidos al propio Zoroastro), describen visiones y comunicaciones directas con esa deidad. Fue Ahura Mazda quien le transmitió los fundamentos de la Daena Vanguhi, la "buena religión". Los relatos tradicionales pintan a Zaratustra como un sacerdote iranio insatisfecho, incómodo con los rituales de su época, hambriento de algo más profundo.
Una vez tuvo esa revelación, salió a predicar. Y lo que predicaba chocaba de frente con lo establecido. Los sacerdotes tradicionales se resistieron. ¿Quién era este hombre para cuestionar siglos de práctica ritual? Con el tiempo, encontró apoyo en el gobernante Vishtaspa, primer monarca en adoptar las enseñanzas zoroástricas. Eso facilitó la expansión inicial de los seguidores por los territorios persas.
Las enseñanzas de Zoroastro
Lo que Zoroastro predicaba rompía moldes. Los Gathas del Yasna —la parte más antigua del Avesta— recogen el núcleo de su mensaje: un combate perpetuo entre la luz y la oscuridad, entre lo que construye y lo que destruye. Ahura Mazda —cuyo nombre significa "Señor Sabio"— es la deidad suprema, origen de toda bondad, creador del universo material e inmaterial. Frente a él, Angra Mainyu (o Ahriman, según la tradición posterior) representa la fuerza que corrompe, que miente, que aniquila.
Esta concepción dualista no implica, eso sí, una igualdad de poderes. Las enseñanzas zoroástricas afirman la victoria final del bien sobre el mal. No hay equilibrio perpetuo: el conflicto tiene un desenlace.
Zoroastro puso énfasis en la responsabilidad moral individual mediante el célebre precepto tripartito: "buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones" (humata, hukhta, huvarshta). Vohu Mana, el Buen Pensamiento, vertebra esta ética. Cada persona puede —y debe— decidir por sí misma el camino recto.
También trajo consigo nociones que entonces sonaban extrañas: que los muertos resucitarían, que habría un juicio donde cada alma rendiría cuentas de lo hecho en vida. Siglos después, estas mismas ideas aparecerían en religiones occidentales. La huella del pensamiento zoroástrico en la evolución religiosa global resulta difícil de exagerar.
¿Cómo evolucionó el zoroastrismo a través de la historia?
El zoroastrismo durante el Imperio Persa Aqueménida
Durante el período aqueménida (550-330 a.C.), el zoroastrismo se expandió al convertirse en la religión predominante del primer imperio mundial conocido. Existe debate entre historiadores sobre si constituía formalmente la religión oficial, pero las evidencias arqueológicas y textuales apuntan a que los monarcas aqueménidas, empezando quizá por Ciro el Grande, abrazaron principios zoroástricos.
Las inscripciones reales son reveladoras. La célebre Inscripción de Behistún, ordenada por Darío I, contiene referencias explícitas a Ahura Mazda como deidad suprema. Los aqueménidas practicaron una tolerancia religiosa notable para su época: permitieron a los pueblos conquistados mantener sus tradiciones mientras difundían sutilmente elementos zoroástricos por un territorio que se extendía desde el actual Afganistán hasta Egipto y partes de Grecia.
Durante estos siglos, las enseñanzas zoroástricas comenzaron a codificarse, aunque gran parte de la tradición seguía transmitiéndose oralmente. Quedan vestigios arquitectónicos de ese período: santuarios donde ardía el fuego sagrado, aún modestos si los comparamos con los grandes templos de épocas posteriores. El fuego era —y sigue siendo— emblema de pureza y de la presencia divina de Ahura Mazda.
La época dorada bajo el Imperio Sasánida
El período sasánida (224-651 d.C.) representa, sin lugar a dudas, la edad de oro del zoroastrismo como religión organizada. Los monarcas sasánidas, comenzando con Ardashir I, establecieron el zoroastrismo como religión oficial del estado iranio. El nivel de institucionalización que alcanzó no tenía precedentes.
Se creó una jerarquía sacerdotal zoroástrica (los magos) altamente organizada, con considerable influencia política. A lo largo del imperio se estableció una red de templos del fuego, categorizados en tres niveles jerárquicos según su importancia ritual. El fuego sagrado más importante, Ādur Gushnasp, estaba asociado con la clase guerrera y la monarquía; los reyes sasánidas lo visitaban regularmente como parte de sus deberes rituales.
Para los textos sagrados, esta etapa resultó determinante. Shapur II ordenó compilar y fijar por escrito el Avesta, que hasta entonces había circulado de boca en boca. Se inventó un alfabeto específico —el avéstico— para transcribirlo con fidelidad.
He aquí una ironía: en pleno apogeo del zoroastrismo surgieron movimientos heterodoxos como el maniqueísmo y el mazdakismo, que cuestionaban la ortodoxia dominante. Los comentarios teológicos (zand) que se redactaron entonces marcarían el rumbo de la tradición durante siglos.
El declive tras la llegada del islam
Persia cayó ante los ejércitos musulmanes en el siglo VII. El Imperio Sasánida se desmoronó en 651 d.C. y, con él, el estatus privilegiado del zoroastrismo. De religión estatal pasó a minoría tolerada —cuando no perseguida— bajo gobiernos islámicos.
Al principio, los árabes otorgaron a los zoroástricos la condición de dhimmi: podían conservar su fe pagando la jizya, un impuesto especial. Esa tolerancia fue erosionándose. Entre los siglos VIII y X, la presión social, las desventajas económicas y, en ocasiones, la persecución directa provocaron conversiones masivas al islam. Muchos templos del fuego fueron destruidos o abandonados. Gran parte del legado literario zoroástrico se perdió para siempre.
Hubo quienes prefirieron exiliarse antes que renunciar a su fe. Algunos se refugiaron en zonas apartadas de Irán, como Yazd o Kerman. Otros emprendieron un viaje más largo: hacia el siglo X, un grupo de fieles desembarcó en la costa occidental de la India. Se los conoce como parsis ("persas"). Llevaron consigo manuscritos, oraciones y costumbres que, de haberse quedado en Persia, probablemente habrían desaparecido.
Algo curioso ocurrió mientras el zoroastrismo organizado retrocedía: muchas de sus creencias se filtraron en el islam iraní popular, especialmente en corrientes sufíes y chiítas. La influencia cultural de esta antigua tradición persistió de formas inesperadas.
¿Cuáles son las principales creencias y prácticas zoroástricas?
El concepto de Ahura Mazda y el dualismo cósmico
Ahura Mazda, el "Señor Sabio", ocupa el centro absoluto de la teología zoroástrica. Es omnisciente, benevolente y creador de cuanto existe, visible o invisible. Pocos sistemas religiosos de la Antigüedad llegaron tan lejos en la afirmación de un dios único y supremo.
Frente a él se alza Angra Mainyu, la "Mente Destructiva", encarnación de todo lo negativo. El enfrentamiento entre ambos define la cosmología zoroástrica. Ahora bien, no estamos ante un duelo entre iguales. Ahura Mazda es eterno; Angra Mainyu, una fuerza pasajera, condenada a la derrota final.
El mundo físico, en esta teología, no es un error ni una cárcel del alma: Ahura Mazda lo creó a propósito, como arena donde el bien y el mal chocan. A su lado trabajan los Amesha Spentas, seis potencias divinas que encarnan virtudes como la rectitud, la piedad o el buen juicio. En el bando contrario se agrupan los daevas, seres malignos que sirven a Angra Mainyu y siembran mentira, enfermedad y muerte.
¿Qué sentido tiene el sufrimiento si Dios es bueno? El zoroastrismo responde: la historia avanza hacia un desenlace, hacia la renovación cósmica llamada Frashokereiti. Al final, Ahura Mazda prevalecerá y el mal quedará aniquilado.
Practicar la religión zoroastriana: buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones
"Buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones" (humata, hukhta, huvarshta): este lema resume la ética zoroástrica. Los Gathas lo repiten una y otra vez. No basta con cumplir ritos; lo que importa es la intención, la palabra y el acto.
A diferencia de otros credos que priorizaban el ceremonial por encima de todo, el zoroastrismo arranca desde la mente: cultivar pensamientos virtuosos, ligados al concepto de Vohu Manah (Buen Pensamiento). De ahí debe brotar un habla sincera. La mentira (druj) representa una de las transgresiones más graves. Las acciones externas, finalmente, deben reflejar esta integridad interna, contribuyendo al bienestar del mundo material —considerado bueno por ser creación de Ahura Mazda.
Y aquí viene lo interesante: el zoroastrismo no pide que sus fieles renuncien al mundo. Todo lo contrario. Trabajar la tierra, fundar una familia, prosperar económicamente... todo eso cuenta como servicio a Ahura Mazda. Nada de ascetismo ni de retirarse a meditar en una cueva.
Labrar un campo, dar limosna, criar hijos honrados: cada gesto suma en la batalla cósmica contra las tinieblas. Esta ética de compromiso con la vida terrena diferencia al zoroastrismo de tradiciones que ensalzan la renuncia y el desapego.