Los hijras en la India, el tercer sexo y su papel en la religión hindú

Los hijras son una comunidad de la India que ha sido definida como transgénero y que durante milenios ha tenido un peso esencial en las prácticas religiosas del hinduismo.
Imagen
Los hijras y su papel en el hinduismo
Maider Chacón Iriarte | Dom, 3 May 2026 - 15:27
Comentar: 0

India reconoce un tercer género desde hace milenios. La figura del hijra —ni hombre ni mujer según las categorías occidentales, sino algo que escapa a ese binario— ha ocupado un lugar propio en la cosmología hindú, en las cortes mogolas, en las ceremonias de nacimiento y en las bodas rurales. Su poder de bendecir a un recién nacido o de maldecir a quien les niegue la limosna está arraigado en creencias religiosas antiguas. Y aun así, la misma comunidad que desempeña ese papel ritual vive hoy en la periferia de la sociedad india, expuesta a la pobreza, la violencia y la exclusión. Esa tensión entre lo sagrado y lo marginal vertebra la realidad de los hijras.

Qué son los hijras y qué significa el tercer género en la cultura india

Una categoría que precede a la terminología occidental

El término hijra viene del urdu y designa a personas que forman parte de una categoría de género documentada en textos hindúes antiguos y en registros del imperio mogol. Durante siglos, estas personas desempeñaron funciones concretas: guardianes de harenes imperiales, participantes en rituales religiosos, mediadores entre lo humano y lo divino. La sociedad india tradicional no solo toleraba su existencia; les otorgaba un lugar reconocido dentro de la estructura social y la cosmovisión religiosa.

Conviene no confundir hijra con eunuco ni con la noción occidental de transgénero. El eunuco es un hombre castrado; la persona transgénero, alguien cuya identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer. El hijra encaja mal en cualquiera de esas categorías. Aunque algunos pasan por la castración como parte de su iniciación ritual, no todos lo hacen. Y aunque su identidad de género se solapa parcialmente con experiencias trans, reducirla a ese concepto ignora la profundidad histórica y espiritual que la distingue. Textos sagrados hindúes hablan de una «tercera naturaleza» (tritiya prakriti) que existía mucho antes de que Occidente empezase a teorizar sobre la diversidad de género.

Imagen
Hijras en un ritual hindú

El reconocimiento legal de 2014

En 2014, la Corte Suprema de la India declaró el tercer género como categoría legal, otorgando a los hijras derechos constitucionales y protección frente a la discriminación. La sentencia ordenó al gobierno facilitar su acceso a educación, empleo y sanidad. Fue un hito. Pero la distancia entre la ley y la vida cotidiana sigue siendo enorme. Muchos hijras carecen de documentos de identidad que reflejen su género, encuentran puertas cerradas en el mercado laboral y reciben atención médica deficiente o directamente hostil. El reconocimiento legal marcó una dirección; la práctica avanza con una lentitud que no se corresponde con la urgencia del problema.

El papel sagrado de los hijras en la religión hindú

Bendecir nacimientos y matrimonios

Dentro de la tradición hindú, los hijras poseen un poder espiritual que no se atribuye a ninguna otra comunidad: la capacidad de bendecir momentos decisivos de la vida. Cuando nace un niño en una familia hindú, los hijras acuden al hogar para cantar, bailar y realizar rituales que, según la creencia, traen salud, prosperidad y protección contra el mal de ojo. En las bodas, su presencia busca asegurar la fertilidad de la pareja. Esa eficacia ritual se explica por su condición liminal: al existir fuera del binario masculino-femenino, los hijras se sitúan en un espacio más cercano a lo divino, con acceso a poderes vetados a quienes pertenecen a una sola categoría de género.

A cambio de las bendiciones, las familias ofrecen dinero, ropa o regalos. Históricamente, ese intercambio proporcionaba a los hijras un sustento integrado en el tejido social y religioso de la India. La otra cara de esa capacidad de bendecir es el poder de maldecir: quien rechaza la limosna o insulta a un hijra se expone, según la creencia popular, a la infertilidad o la desgracia familiar. Esa dualidad —veneración y temor— define la relación entre los hijras y la sociedad india desde hace siglos.

Imagen
Hijras en un ritual hindú

Festivales y deidades

Los hijras participan en celebraciones a lo largo de toda la India, pero sus vínculos rituales más fuertes se concentran en festividades concretas. El festival de Koovagam, en Tamil Nadu, atrae a miles de miembros de la comunidad. Conmemora una historia mitológica en la que Krishna se transforma en mujer para casarse con el guerrero Aravan antes de su sacrificio. Los hijras recrean esas bodas con elaborados saris y joyas, seguidas al día siguiente de rituales de viudez. El festival funciona como espacio donde la identidad hijra se expresa sin la hostilidad que acompaña la vida diaria.

Bahuchara Mata, una diosa vinculada con la castración ritual y la transformación de género, es considerada patrona de los hijras. Sus templos reciben peregrinaciones de miembros de la comunidad de toda la India. Las deidades como Ardhanarishvara —Shiva representado mitad masculino, mitad femenino— ofrecen un modelo teológico que sitúa la fluidez de género no como anomalía, sino como reflejo de lo divino.

Organización interna de la comunidad

Gurus, chelas y gharanas

Los hijras han creado un sistema de parentesco propio que sustituye al que la mayoría perdió al ser expulsados de sus familias biológicas. La estructura se organiza en torno a la relación entre guru (maestro) y chela (discípulo). El guru enseña las tradiciones, los rituales, las técnicas de supervivencia económica y proporciona protección y alojamiento. Los miembros viven en casas comunales llamadas gharanas, dirigidas por gurus que ejercen autoridad considerable. Por encima de ellos, líderes regionales (nayaks) supervisan varias gharanas y median en conflictos.

Cada grupo tiene derechos sobre un territorio determinado donde realizar ceremonias, pedir limosna o trabajar. Esa división territorial evita choques internos y garantiza que todos tengan acceso a algún medio de subsistencia. Las decisiones importantes —admisión de miembros nuevos, resolución de disputas, administración de justicia interna— se toman en reuniones donde gurus y nayaks tienen la última palabra. Es un sistema paralelo, nacido de la necesidad, que compensa la exclusión de las estructuras familiares y sociales de la India convencional.

Imagen
Hijra de la India

Iniciación y el tema de la castración

El ingreso formal en la comunidad implica ceremonias religiosas, la adopción de un nombre nuevo y el compromiso con un guru. En algunos casos, incluye el nirvan: la castración ritual, entendida como ofrenda a Bahuchara Mata y como transformación espiritual. No todos los hijras pasan por ese procedimiento. La comunidad abarca personas nacidas intersexuales, quienes eligen la castración como acto devocional y quienes mantienen su cuerpo intacto pero adoptan la identidad y el modo de vida hijra.

Cuando se practica, el nirvan lo realiza un guru especializado, sin anestesia ni condiciones sanitarias adecuadas. Los riesgos de infección, hemorragia y muerte son reales. Las autoridades médicas y los organismos de derechos humanos han expresado preocupación, aunque la práctica se defiende como expresión de autonomía corporal y tradición religiosa. Tras la iniciación, el nuevo miembro aprende a vestir el sari, los gestos característicos de la comunidad, el lenguaje interno y las habilidades necesarias para sobrevivir en un entorno que, por regla general, le es hostil.

Los desafíos de la India contemporánea

Estigma, trabajo sexual y supervivencia económica

La marginalización económica ha empujado a muchos hijras al trabajo sexual como vía de subsistencia, dado que las puertas del empleo formal están cerradas por la discriminación sistemática. Esa asociación con la prostitución retroalimenta el estigma: la exclusión laboral les empuja hacia actividades estigmatizadas, y el estigma refuerza la exclusión. El colonialismo británico tuvo un papel determinante en esta degradación. Leyes como el Criminal Tribes Act de 1871 clasificaron a los hijras como criminales por nacimiento, quebrando un estatus social que la tradición hindú había sostenido durante siglos.

La mendicidad es la otra opción. Los hijras son presencia habitual en cruces de tráfico, estaciones de tren y mercados, donde piden dinero apelando a su poder de bendecir o, implícitamente, de maldecir. Aunque esa práctica tiene raíces en el intercambio ritual tradicional, en el contexto urbano contemporáneo se percibe como molestia o intimidación, lo que refuerza la imagen negativa en lugar de la sagrada. La competencia por territorios donde mendigar genera conflictos internos y con otras poblaciones marginadas.

Imagen
La diosa Bahuchara protectora de los hijras

Discriminación y violencia

Quienes expresan su identidad abiertamente se enfrentan a acoso verbal, violencia física y exclusión de espacios públicos. Muchos fueron expulsados de sus familias durante la adolescencia. En las escuelas, el acoso empuja a abandonar los estudios, lo que perpetúa la exclusión económica. El sistema sanitario discrimina de forma abierta: personal médico que se niega a atenderles, que los ridiculiza o que ofrece tratamiento inadecuado. Cuando denuncian agresiones, la policía suele negarse a registrar sus quejas o los culpa de haber provocado la violencia por su identidad de género.

La derogación parcial del artículo 377 del Código Penal en 2018 —que criminalizaba las relaciones homosexuales— representó un avance, pero las actitudes sociales tardan más en cambiar que las leyes. Fuera de las grandes ciudades, la hostilidad es especialmente intensa.

La paradoja: sacralidad religiosa frente a exclusión social

Lo que dicen los textos sagrados

El Kama Sutra describe la «tercera naturaleza». El Mahabharata incluye personajes que cruzan las fronteras del género, como Shikhandi, nacido mujer y convertido en guerrero. Las historias sobre Krishna adoptan forma femenina con la figura de Mohini. Las Leyes de Manu reconocen a los napunsaka como categoría sexual distinta. Los textos tántricos y las tradiciones bhakti contienen prácticas espirituales que trascienden el binario de género. Y la deidad Ardhanarishvara —mitad Shiva, mitad Parvati— ofrece un modelo teológico donde lo masculino y lo femenino coexisten en un mismo cuerpo divino.

Todo eso indica que la aceptación del tercer género no es una concesión moderna, sino un rasgo antiguo de la cosmovisión hindú. La marginación actual de los hijras contradice las propias tradiciones espirituales de la cultura india.

Imagen
Hijras en un ritual hindú

La fractura entre tradición y realidad

Las familias que solicitan la bendición de un hijra para un nacimiento los rechazan socialmente después. Templos que los honran en festivales les niegan la entrada en días ordinarios. Una misma sociedad les reconoce poder espiritual y los clasifica como parias. Esa esquizofrenia cultural no es simple hipocresía individual: refleja una fractura estructural. La modernización, las leyes coloniales y el conservadurismo moral han erosionado una tradición inclusiva que llevaba siglos funcionando.

Frente a eso, en los últimos años han surgido movimientos dedicados a recuperar la dignidad de la comunidad. Activistas trabajan para recontextualizar la identidad hijra desde su herencia espiritual, no desde el estigma. Organizaciones ofrecen formación profesional y defienden cambios legislativos. Algunos hijras han accedido a cargos políticos locales. Festivales culturales y proyectos artísticos reimaginan la narrativa pública. La sentencia de 2014 proporcionó un marco legal, pero la implementación sigue siendo desigual. La esperanza es que la India acabe reconciliando el respeto que su tradición religiosa siempre otorgó a los hijras con el trato que la sociedad contemporánea les reserva. La distancia entre ambas cosas sigue siendo, a día de hoy, considerable.

Imagen
Hijras en un ritual hindú