¿Qué es el sionismo y cuáles son sus orígenes históricos? Breve historia del movimiento sionista israelí. 

El sionismo es una ideología nacida a finales del siglo XIX que defiende el derecho del pueblo judío a recuperar la que consideran su tierra ancestral para formar un estado israelí propio. ¿Cómo nació esta ideología?
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El sionismo y sus orígenes históricos
Maider Chacón Iriarte | Vie, 5 Dic 2025 - 17:42
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El sionismo es una ideología que ha redefinido por completo el mapa de Oriente Medio y las relaciones internacionales del siglo XX. Este movimiento brotó de la hostilidad y del rechazo a los judíos de Europa durante varios siglos, un tiempo en el que este pueblo estuvo disperso, aunque mantuvo unos lazos comunes. El sionismo nació con un claro objetivo: proporcionar a los judíos una tierra en la que constituir un estado propio. La creación del estado de Israel supuso la culminación de este objetivo, pero abrió al mismo tiempo una gran cantidad de retos y cuestiones que no solo afectan a los judíos sino a todo el mundo. 

¿Qué es el sionismo y cómo se define esta ideología?

El sionismo como movimiento político y nacional

Corría el final del siglo XIX cuando varios intelectuales y activistas judíos llegaron a una conclusión: siglos de expulsiones, de guetos cercados, de matanzas impunes no iban a terminar si no conseguían hacerse fuertes. Había que tomar cartas en el asunto. El sionismo nació con esa urgencia. Su objetivo era levantar un estado judío en la tierra de Israel, un lugar donde los judíos pudieran decidir su propio destino. Aquello no era solo cuestión de fe. Era, ante todo, una apuesta política contra el antisemitismo que envenenaba Europa.

Los que se sumaron al movimiento pasaron décadas allanando el camino. Compraban fincas, tejían redes de apoyo para reubicar familias enteras, fundaban colegios y asociaciones. Tomaban prestadas ideas del nacionalismo que recorría Europa y las entrelazaban con costumbres religiosas y culturales que los judíos habían preservado durante el largo exilio. Aquella mezcla terminaría redibujando fronteras.

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¿Ideología religiosa o política?

Desde el principio, esta pregunta dividió a los propios sionistas. Theodor Herzl, que organizó el movimiento en sus orígenes, era un hombre bastante alejado de la sinagoga. Le preocupaba resolver lo que él llamaba «la cuestión judía» mediante herramientas políticas: diplomacia, negociaciones, presión internacional. La religión quedaba en un segundo plano.

Otros tomaron un camino diferente. Había quienes leían el regreso a Israel como una señal del cielo, el arranque de los tiempos mesiánicos que anunciaban las escrituras. Y luego estaban los seguidores de Jabotinsky, obsesionados con la capacidad militar y con asegurar fronteras lo más amplias posible. La verdad es que el sionismo nunca marchó en fila india. Cada corriente traía su propia lectura, y eso explica las tensiones internas que persisten hasta hoy.

¿Cuáles son los orígenes históricos del movimiento sionista?

El antisemitismo europeo como catalizador

Para entender cómo nació el sionismo hay que meterse en la Europa de finales del XIX. Los judíos vivían acorralados: les prohibían ciertos oficios, les negaban la entrada a universidades, sufrían ataques violentos llamados pogromos. Y todo esto pasaba mientras muchos intentaban integrarse, hablar el idioma local, vestirse como sus vecinos, estudiar en las mismas escuelas. Muchos judíos, de hecho, se sentían más ciudadanos de sus países que miembros de un pueblo diferente, y era solo la persecución y la exclusión lo que los mantenía ligados a ese pasado. 

El antisemitismo de aquellos años del siglo XIX ya no se limitaba a la religión, como había ocurrido en la Edad Media. Había mutado hacia teorías raciales que presentaban a los judíos como un cuerpo extraño imposible de asimilar. Este ambiente hostil convenció a muchos pensadores judíos de que la emancipación era una ilusión. La persecución y la desesperanza crearon el terreno para una solución radical: si no podían encontrar aceptación en tierras ajenas, tendrían que gobernarse a sí mismos.

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Theodor Herzl, padre del sionismo moderno

Theodor Herzl era periodista en Viena. Cubría noticias de toda Europa. En 1894 viajó a París para informar sobre el caso Dreyfus: un capitán judío del ejército francés acusado falsamente de espionaje en un proceso que conmocionó al país y que puso de relieve el alcance del antisemitismo. La multitud en las calles gritaba «¡Muerte a los judíos!» en pleno corazón de la República que había inventado los derechos del hombre. Aquello le revolvió por dentro. Si el odio antijudío florecía incluso en Francia, no había lugar seguro en Europa.

Dos años después publicó «Der Judenstaat», un folleto donde exponía su plan: los judíos debían tener un estado propio, con bandera, leyes y fronteras. Herzl no era particularmente religioso. Pensaba en términos prácticos: había un problema, y la solución pasaba por la política internacional. Se lanzó a una campaña frenética de reuniones con ministros, banqueros y monarcas. Murió joven, a los 44 años, pero dejó montada la maquinaria del movimiento.

La Organización Sionista Mundial toma forma

En agosto de 1897, doscientos delegados llegaron a Basilea para asistir al primer congreso sionista. Herzl presidió las sesiones. Allí se aprobó un programa: trabajar por un hogar judío en Palestina reconocido por el derecho internacional. Por aquel entonces, Palestina estaba bajo control del Imperio Otomano, y la posibilidad de que desde Estambul se permitiera que algo así fuera una realidad resultaba una absoluta utopía. 

De aquel congreso salieron varias instituciones que durarían décadas. El Fondo Nacional Judío recaudaba dinero para comprar tierras. El Banco Colonial Judío financiaba proyectos de colonización. Los delegados regresaban a sus países y organizaban comités locales, publicaban periódicos, convencían a familias de emigrar. Aquel congreso funcionó como un parlamento en miniatura del pueblo judío, mucho antes de que existiera un estado. Los hábitos de debate y votación que se forjaron allí marcarían después la vida política israelí.

Sin embargo, dentro de este primer sionismo convivían muchas sensibilidades. Por un lado, la influencia de las teorías de Marx y del socialismo era muy fuerte; por otro, había una corriente más militarista que hablaba de un estado fuerte con un ejército capaz de defender sus fronteras. Por último, estaban los que veían el sionismo más como un movimiento religioso y mesiánico que político.

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¿Qué tipos de sionismo existen y cuáles son sus diferencias?

El sionismo general

Dentro del movimiento había un sector que rehuía los extremos. No querían ni el colectivismo de los socialistas ni el militarismo de los revisionistas. Preferían una economía mixta, instituciones democráticas, respeto a las tradiciones sin imponerlas a nadie. Los llamaban sionistas generales.

Esta corriente atraía a judíos de clase media que valoraban tanto la identidad nacional como las libertades individuales. Tuvieron un papel importante en el establecimiento de instituciones educativas, culturales y económicas durante el período previo a la creación del estado.

El sionismo religioso

El sionismo religioso fusionó la ortodoxia judía con el nacionalismo moderno. Veía la creación de un estado judío como parte del plan divino de redención. Frente al sionismo laico de Herzl, esta corriente leía el retorno a Israel como la señal de que las profecías bíblicas empezaban a cumplirse.

Quienes seguían esta línea consideraban que la fundación de Israel abría una etapa mesiánica, aunque discutían entre ellos hasta qué punto un estado gobernado por políticos seculares merecía ese título sagrado. Esta vertiente enfatizaba la colonización de toda la tierra de Israel, incluyendo territorios bíblicamente significativos, lo que eventualmente influiría en las políticas de asentamientos.

El sionismo revisionista y otras corrientes

Jabotinsky rompió con el sionismo mayoritario en los años veinte. Le parecía ingenuo confiar en la buena voluntad de británicos y árabes. Exigía un estado judío en las dos orillas del Jordán, con un ejército capaz de defenderlo. Apostaba por el libre mercado frente al socialismo de los kibbutz. Su legado perdura en la derecha israelí: el Likud desciende directamente de aquella tradición.

Hubo más variantes. El sionismo socialista soñaba con una sociedad igualitaria construida sobre granjas colectivas. El sionismo cultural, impulsado por el ensayista Ajad Ha'am, priorizaba la renovación espiritual sobre la conquista de territorio. Dentro del movimiento convivían visiones muy distintas, a veces enfrentadas, sobre qué debía ser Israel y cómo había que construirlo.

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Ser judío no equivale a ser sionista

Hay una confusión que se repite en tertulias y artículos de opinión: tratar judaísmo y sionismo como sinónimos. El judaísmo tiene milenios de historia; el sionismo, apenas ciento treinta años. Son cosas distintas.

Muchos judíos no se sienten sionistas, y de hecho hay muchos que rechazan directamente esta ideología. Ciertas comunidades ultraortodoxas, por ejemplo, rechazan la idea de fundar un estado por la fuerza: para ellos, volver a la tierra prometida es algo que debe ocurrir cuando llegue el Mesías, no antes. Otros mantienen lazos afectivos con Israel, visitan a familiares, celebran fiestas, pero no comparten el programa político del movimiento. Dentro del mundo judío hay de todo: militantes convencidos, escépticos, críticos abiertos. Las opiniones van de un extremo al otro.

¿Cómo surgió el Estado de Israel y qué papel jugó el sionismo?

El Mandato Británico de Palestina

1918 y el final de la Primera Guerra Mundial trajo el derrumbe del Imperio otomano y un Oriente Medio troceado entre las potencias vencedoras. Palestina cayó en manos británicas. Un año antes, Lord Balfour había redactado aquella carta que prometía un hogar nacional judío en la región. Con ese documento en la mano, el movimiento sionista ganó un respaldo que hasta entonces le faltaba: el de un imperio con capacidad real de mover fichas sobre el terreno.

Durante las décadas siguientes, decenas de miles de judíos llegaron a Palestina. Fundaron Tel Aviv, drenaron pantanos, plantaron naranjos. La Agencia Judía hacía de gobierno en la sombra: gestionaba escuelas, hospitales, rutas de inmigración. Los árabes palestinos veían con alarma cómo cambiaba la composición demográfica. Los británicos oscilaban entre favorecer a unos y a otros, sin contentar a nadie. El exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial convenció a muchos judíos de que un estado propio era cuestión de vida o muerte.

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1948: el nacimiento de Israel

La ONU votó en noviembre de 1947 un plan para dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. Los líderes sionistas aceptaron. Los árabes, sin embargo, rechazaron. El 14 de mayo de 1948, horas antes de que expirara el mandato británico, David Ben-Gurion leyó la declaración de independencia en Tel Aviv. Para los judíos del mundo, aquel momento cerraba dos mil años de exilio.

Esa misma noche comenzó la guerra. Ejércitos de Egipto, Jordania, Siria e Irak invadieron el nuevo estado. Israel resistió y, al final de los combates, controlaba más territorio del que le asignaba el plan de partición. Para los palestinos, 1948 representa la Nakba (catástrofe): aproximadamente 700.000 personas fueron desplazadas de sus hogares. El establecimiento de Israel transformó Oriente Medio y creó un conflicto que no ha cesado.

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El conflicto desde la perspectiva sionista

Desde la óptica sionista, el conflicto palestino-israelí gira en torno a la seguridad existencial y al derecho del pueblo judío a la autodeterminación en su tierra ancestral. Quienes defienden esta postura recuerdan que siempre hubo judíos viviendo en Jerusalén, Safed o Hebrón, y que los inmigrantes del siglo XX no llegaron como conquistadores sino como refugiados que compraban parcelas a precio de mercado. Levantaron hospitales, universidades, una democracia parlamentaria.

Desde este punto de vista, fueron los estados árabes quienes rechazaron la partición y lanzaron la guerra. Israel, dicen, ha ofrecido acuerdos de paz y ha devuelto territorios cuando encontró un interlocutor dispuesto, como ocurrió con Egipto en Camp David. Nadie niega, ni siquiera desde esta orilla, que la violencia ha dejado cicatrices en los dos pueblos.

¿Por qué el sionismo genera controversia?

La perspectiva palestina

Los palestinos, sin embargo, cuentan otra historia. A sus ojos, llegaron unos extranjeros y se apoderaron de lo que no era suyo: las tierras de labranza, los olivares, las casas de piedra donde habían nacido sus abuelos. Cientos de miles acabaron apiñados en campamentos de refugiados repartidos entre Gaza, Líbano y Jordania. Los que se quedaron dentro de Israel denuncian discriminaciones en el acceso a la vivienda, al empleo, a los recursos del estado.

Argumentan que la mayoría de los judíos que llegaron en el siglo XX no tenían vínculos recientes con Palestina: sus ancestros habían emigrado hacía muchos siglos. Según esta versión, el sionismo salió adelante gracias al padrinazgo de imperios europeos que ni preguntaron a quienes ya vivían allí. La proliferación de colonias en Cisjordania echa más leña al fuego; buena parte de la comunidad internacional las considera ilegales. Activistas de izquierda en Europa y América trazan líneas entre lo que ocurre en los territorios ocupados y luchas anticoloniales del pasado, como las de Argelia o Sudáfrica.

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Antisionismo y antisemitismo: diferencias esenciales

Este es un terreno pantanoso. Algunos sostienen que la crítica al sionismo esconde, en el fondo, el viejo odio a los judíos disfrazado de postura política. Señalan marchas donde arden banderas israelíes al lado de esvásticas, pancartas que niegan a los judíos el derecho a tener país mientras lo conceden a cualquier otro pueblo. Cuando la crítica a Israel se vuelve obsesiva, cuando se aplican raseros distintos, cuando se cuestiona la propia existencia del país, algo más que política está en juego.

Otros responden que una ideología política puede y debe ser cuestionada sin que eso implique odio étnico o religioso. Entre los críticos más duros del sionismo hay judíos que viven en Israel, académicos israelíes, supervivientes del Holocausto. Equiparar cualquier crítica con antisemitismo, dicen, sirve para cerrar el debate y blindar al gobierno israelí. La frontera entre ambas posturas es borrosa, y cada bando acusa al otro de manipularla.

Judíos ortodoxos y posturas no sionistas

Dentro del judaísmo ultraortodoxo hay comunidades que rechazan el sionismo de plano. Los satmar, por ejemplo, consideran que el exilio es un castigo divino que solo Dios puede levantar. Fundar un estado por medios políticos y militares equivale, según ellos, a desafiar la voluntad del Creador. Los neturei karta van más lejos: acuden a conferencias junto a enemigos declarados de Israel para mostrar su oposición.

Resulta paradójico que muchos de estos grupos vivan precisamente en Israel, reciban subsidios del estado y envíen a sus hijos a escuelas financiadas con impuestos israelíes, mientras niegan la legitimidad religiosa del país. Fuera del mundo ultraortodoxo, hay judíos progresistas que apoyan la existencia de Israel pero critican la ocupación de Cisjordania o el trato a los palestinos. El abanico de posturas es tan amplio que resulta imposible hablar de una única voz judía sobre el sionismo.

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¿Cuál es la relación entre el sionismo y la identidad judía moderna?

La tierra de Israel en la tradición judía

La tierra de Israel ocupa un lugar central en el judaísmo y en la identidad del pueblo judío, mucho antes del sionismo moderno. A lo largo de los siglos de dispersión, los judíos rezaban mirando hacia Jerusalén. Las fiestas agrícolas del calendario hebreo —Pésaj, Shavuot, Sucot— celebraban cosechas que ocurrían en un clima mediterráneo, no en los fríos de Polonia o Rusia. Cada año, al terminar la cena de Pascua, las familias repetían la misma frase: «El año que viene, en Jerusalén».

El sionismo tomó ese anhelo milenario y lo convirtió en programa político. Lo que antes era esperanza mesiánica pasó a ser agenda de compra de tierras, negociaciones diplomáticas, fundación de colonias agrícolas. Para muchos judíos de hoy, Israel ocupa un lugar afectivo importante aunque no vivan allí ni compartan todas las decisiones de sus gobiernos.

Las organizaciones sionistas en la actualidad

Las instituciones que nacieron a finales del siglo XIX siguen activas, aunque sus funciones han cambiado. La Organización Sionista Mundial ya no necesita crear un estado; ahora promueve la inmigración judía a Israel, financia programas educativos y, de forma polémica, apoya la construcción de asentamientos en territorios ocupados. La Agencia Judía organiza viajes de jóvenes judíos estadounidenses y europeos para que conozcan el país. Grupos de presión como AIPAC influyen en el Congreso de Estados Unidos.

Hay un problema generacional que preocupa a estas organizaciones. Buena parte de la juventud judía occidental se identifica con causas progresistas y mira con recelo la política israelí hacia los palestinos. Mantener su lealtad exige un equilibrio complicado entre defender a Israel y admitir críticas legítimas.

La identidad nacional judía en el Israel de hoy

¿Qué significa ser israelí? ¿Qué significa ser judío en Israel? Estas preguntas siguen abiertas. En 2018, el Parlamento aprobó una ley que define a Israel como «el estado-nación del pueblo judío». Los ciudadanos árabes, que suponen alrededor del 20% de la población, protestaron: sentían que la ley los rebajaba a habitantes de segunda categoría.

La sociedad israelí arrastra sus propias grietas. El eterno tira y afloja entre quienes quieren un país laico y quienes exigen que la Torá marque las reglas no tiene visos de resolverse pronto. Askenazíes (descendientes de judíos de países de Europa) y mizrajíes (descendientes de judíos de países árabes) arrastran agravios históricos sobre quién manda y quién obedece. Los recién llegados chocan con los veteranos. Y los judíos de la diáspora exigen opinar sobre el futuro de un país al que llaman suyo, mientras los israelíes replican que solo quien vive allí y manda a sus hijos al ejército puede votar con conocimiento de causa. Los fundadores del sionismo soñaron con una democracia abierta, un refugio para cualquier judío que lo necesitara. La realidad se ha mostrado más enrevesada: las promesas de los orígenes chocan con dilemas que no tienen solución fácil. Israel, al fin y al cabo, se enfrenta a los mismos quebraderos de cabeza que otros países: quién pertenece, quién decide, qué hacer con las minorías en un mundo donde las fronteras ya no significan lo que significaban.