Cada año, durante veintinueve o treinta días, más de mil ochocientos millones de personas deciden abstenerse de comer, beber y mantener relaciones sexuales desde que aparece la primera luz del alba hasta la puesta de sol. El Ramadán —noveno mes del calendario lunar islámico— no se reduce a esa privación física. Incluye oraciones nocturnas que se prolongan horas, lectura intensiva del Corán, actos de caridad y un esfuerzo deliberado por controlar palabras, pensamientos y conducta. Para la tradición islámica, ese periodo concentra la mayor densidad de gracia del año: fue en una de sus noches cuando el ángel Gabriel transmitió al profeta Muhammad las primeras palabras del texto que vertebraría una nueva fe.
Ramadán: el noveno mes del calendario lunar musulmán
Por qué las fechas del mes de Ramadán cambian cada año
El islam mide el tiempo con un calendario basado en los ciclos de la luna. Cada mes arranca con el avistamiento de la luna creciente —hilal— tras la fase oscura. Esa dependencia del ciclo lunar hace que el año islámico tenga unos 354 días, entre diez y once menos que el solar, lo que provoca un desplazamiento progresivo: el Ramadán recorre todas las estaciones a lo largo de un ciclo de unos treinta y tres años. Quien lo vive en invierno, con jornadas de ayuno más cortas, lo vivirá también en pleno verano de otra década, con dieciocho horas de abstinencia bajo un calor intenso.
El avistamiento del hilal no es idéntico en todas partes. Hay comunidades que exigen testigos oculares locales; otras aceptan la observación desde cualquier punto del planeta; las hay que recurren a cálculos astronómicos. Esa diversidad de criterios puede generar diferencias de uno o dos días en la fecha de inicio, pero el fondo permanece: cuando la franja luminosa aparece en el cielo, el ayuno comienza.
La revelación del Corán y la Noche del Destino en el Islam
Lo que distingue al Ramadán de los otros once meses no es solo la obligación de ayunar. Es su vínculo con la revelación coránica. La tradición islámica sitúa en el año 610 d. C. el episodio de la cueva del monte Hira: Muhammad, retirado en meditación, recibe la visita del ángel Gabriel y escucha las primeras aleyas del Corán. Esa noche —Laylat al-Qadr, la Noche del Destino— cae dentro del Ramadán, probablemente en una de sus diez últimas noches impares, aunque su fecha exacta no está fijada. El Corán mismo le atribuye un valor superior al de mil meses.
Los creyentes intensifican sus oraciones y su lectura del texto sagrado durante esas jornadas finales. Muchos practican el itikaf —un retiro espiritual dentro de la mezquita— buscando que la Noche del Destino los encuentre en estado de devoción máxima.
El sawm: uno de los cinco pilares del Islam
Mes del ayuno desde el alba hasta la puesta del sol
El ayuno (sawm) es uno de los cinco pilares del islam, junto a la profesión de fe (shahada), la oración ritual (salat), la limosna obligatoria (zakat) y la peregrinación a La Meca (hajj). No se trata de una recomendación: es una obligación para todo adulto sano, hombre o mujer. El periodo de abstinencia arranca con la oración del Fajr, antes del amanecer, y termina con la puesta del sol. Durante esas horas —que pueden oscilar entre doce y dieciocho según la latitud y la época del año— queda prohibido ingerir alimentos, líquidos o tabaco.
La dimensión física del ayuno es la más visible, pero los textos insisten en que no basta con cerrar la boca. Un hadiz atribuido al Profeta advierte que quien no abandone la mentira y la conducta deshonesta durante el Ramadán de nada le sirve dejar de comer. La intención es doble: entrenar el autocontrol y despertar empatía hacia quienes pasan hambre todo el año, no solo treinta días.
Celebrar el Ramadán: Suhoor e iftar
Los días del Ramadán se organizan en torno a dos comidas. La primera, suhoor, se toma antes del alba. La tradición recomienda retrasarla lo máximo posible para que el cuerpo reciba alimento cerca del inicio del ayuno. La segunda, iftar, rompe la abstinencia tras la puesta del sol. El Profeta Mahoma solía hacerlo con dátiles y agua antes de la oración del Magrib, y esa costumbre se mantiene en casi todas las culturas islámicas.
El iftar ha adquirido una dimensión social que lo convierte en algo más que una comida. Las familias se reúnen, los vecinos se invitan, las mezquitas disponen mesas abiertas donde cualquiera puede sentarse. En ciudades como Estambul, El Cairo o Yakarta, las calles cambian de ritmo al atardecer: la actividad se detiene unos minutos mientras la comunidad entera rompe el ayuno simultáneamente, y después la noche cobra una vida que no tiene en el resto del año.
Exenciones al ayuno en el mundo islámico
El islam no exige el ayuno a quien no puede cumplirlo sin daño. Las mujeres embarazadas o en periodo de lactancia, los enfermos, los viajeros y los ancianos quedan eximidos. Los que se encuentran en una situación temporal —enfermedad pasajera, viaje— deben recuperar los días perdidos después del Ramadán. Quienes padecen una dolencia crónica que les impide ayunar de forma permanente compensan alimentando a una persona necesitada por cada jornada no cumplida, una práctica llamada fidyah. La jurisprudencia islámica ha desarrollado un cuerpo detallado de normas sobre estas excepciones, y las diferencias entre escuelas jurídicas (hanafí, malikí, shafií, hanbalí) generan matices que cada creyente resuelve consultando a su comunidad o a un experto en fiqh.
Oración, lectura y caridad en el noveno mes del año
Las noches de Tarawih
Después del iftar, las mezquitas se llenan para las oraciones de Tarawih: una serie de ciclos (rakaat) que se recitan en congregación y que pueden extenderse entre una y dos horas, según la comunidad. No son obligatorias en sentido estricto —la clasificación jurídica las sitúa como sunnah muakkadah, práctica muy recomendada—, pero la asistencia es masiva. Los imanes recitan el Corán por secciones, de modo que al final del mes la congregación haya escuchado el texto completo.
Hay quienes se proponen también una lectura individual: el Corán se divide en treinta partes (juz), una por cada día del Ramadán. Esa inmersión diaria busca que el creyente no solo escuche la palabra revelada, sino que la interiorice, la analice y la aplique a su conducta.
Zakat y sadaqah
La caridad se intensifica durante el Ramadán. Muchos eligen estos treinta días para cumplir con el zakat, el diezmo obligatorio sobre la riqueza acumulada, porque la tradición enseña que las recompensas espirituales se multiplican en este periodo. Junto al zakat aparece la sadaqah, la limosna voluntaria, que se materializa en donaciones a organizaciones humanitarias, en la distribución de comida a familias sin recursos y en la financiación de proyectos comunitarios.
Antes del Eid al-Fitr, cada persona o cabeza de familia debe pagar el zakat al-fitr: una cantidad equivalente al precio de una comida completa por cada miembro del hogar, destinada a garantizar que nadie pase hambre el día de la fiesta. Es un mecanismo de redistribución rápido, directo y localizado.
Cuándo se celebra el Eid al-Fitr: la fiesta que cierra el ayuno
Una mañana de oración colectiva
Cuando la luna creciente del mes de Shawwal aparece, el Ramadán termina y comienza el Eid al-Fitr —literalmente, «la fiesta de la ruptura del ayuno»—. La jornada arranca con una oración especial, salat al-Eid, que se realiza al aire libre o en grandes salas de congregación. El imam pronuncia un sermón que repasa las lecciones del mes recién concluido y anima a los fieles a no abandonar los hábitos adquiridos durante las semanas anteriores.
Después de la oración, las familias se visitan, los niños reciben ropa nueva, dinero y regalos, y las mesas se llenan de dulces, platos especiales y bebidas que varían de una cultura a otra: baklava en Turquía, maamoul en el Levante, ketupat en Indonesia. El saludo «Eid Mubarak» —Eid bendito— circula entre vecinos, colegas y desconocidos. En países con mayoría musulmana, el Eid es festivo oficial: las escuelas cierran, las tiendas ajustan horarios y la vida pública se organiza en torno a la celebración.
El sentido de la fiesta
El Eid al-Fitr no celebra la comida recuperada, sino el esfuerzo sostenido durante treinta días. Para la teología islámica, el ayuno purifica, y la fiesta marca el momento en que esa purificación se ha completado. Los textos clásicos comparan al creyente que sale del Ramadán con alguien que ha saldado deudas acumuladas: más ligero, más limpio, más preparado para afrontar el año que queda por delante.
La obligación de pagar el zakat al-fitr antes de la oración matutina subraya que la celebración individual no tiene valor completo si la comunidad no participa en ella. La alegría del Eid se concibe como un derecho colectivo, no como un privilegio de quien puede permitírselo. Esa lógica recorre todo el Ramadán: la privación compartida genera solidaridad, y la solidaridad desemboca en una fiesta que pertenece a todos.